A veces, las cosas que se callan duelen dentro más que las que se dicen.
Hay personas a las que les pierden las maneras. A mí, por el contrario, me pierde mantenerlas en todo momento, que por no perder la clase y tener educación, he callado cosas que tendría que haber dicho entonces. Y al final, por no herir a quien ni siquiera merecía ese tratamiento, acabo haciéndome daño yo.
Tenía un dolor que quemaba, un dolor que se escondía tras cada esquina y me acechaba con demasiada frecuencia. Me molestaba para vivir.
Ayer decidí arrancármelo. Dije lo que tenía que decir hacía demasiado tiempo. Tanto que no era el momento ahora. Pero lo hice. Bajé hasta los infiernos para buscar las palabras. Busqué sus puntos débiles y se los engrandecí. Clara y concisa, sin extenderme más de lo necesario para no perder el tiempo en personas como ésa. Hice daño a posta. Por unos instantes me convertí en algo irreconocible, un ser malvado que sólo pensaba en humillar a otra persona. Aunque no me importó; esa persona me había humillado primero, y cuando sucedió sólo quise justificarlo y hasta dar explicaciones que no tenía por qué dar, como si estuviese sufriendo una especie de síndrome de Estocolmo. En aquel momento quise demostrar que yo estaba por encima manteniendo mi clase. Y ya me cansé. Era hora de dar a cada uno el trato que merece. Basta de cordialidades innecesarias.
Fue una liberación. Y me quedé de a gusto...
Intentó devolvérmelo, pero yo estaba fuerte, estaba preparada. Quizás por eso tardé tanto en hacerlo, porque debía reunir la fuerza necesaria para que sus ataques no me doliesen. Y sus intentos de herir quedaron en unas carcajadas para mí, viendo que estaba tan tocada que no sabía por donde atacarme, tan ridícula inventando tantas cosas, que su ofensiva se volvió contra ella en forma de descrédito.
Creo que es la primera vez que busco la manera de hacer daño intencionadamente y pierdo las formas para hacerlo. Espero que sea la última. Espero que nadie se atreva a darme motivos para hacerlo de nuevo.
Desde ese instante, pienso que el mundo conspira para que yo pueda ser feliz. Y creo que no me va a costar nada conseguirlo...
Fuiste a nacer del frío, del invierno. Y así aprendiste a amar los copos de nieve. Y así aprendiste a disfrutar de los días gélidos. Y así te enfrentabas al viento de las montañas, saboreándolo sobre tu cara. Y así no podías vivir sin deslizarte por las blancas laderas.
Que los veranos te mataban, que el calor te asfixiaba, que echarías de menos cada invierno y huirías hacia tu norte para encontrarlo.
Invierno en el que fuiste a nacer, y en el que quisiste quedarte a vivir.
Y quizás así, amando tanto el frío, un día quedó helado el corazón...
Ayer el día empezó torcido. No me pude desahogar, y eso me consumía como una gota de agua que cae poco a poco incesante sobre tu cabeza.
Cogí el coche sin saber dónde iría. Sólo quería un poco de paz. Y nadie a mi alrededor. Derramarme sin ojos que observasen.
Acabé junto al río. Puse música, y ya nada salía de mí. Había pasado el tiempo de deshacerse, y eso se me quedó metido dentro.
Allí, frente al río, recordé a Matilde la peluquera. Y, aunque drástica, no me pareció tan absurdo.
Recordé también lo que no tenía que recordar. Y las canciones me susurraban cosas que no debería oír.
Pedir perdón no es fácil. Más aun cuando crees que llevas razón. Pero si me equivoqué en las formas, y no quiero verte mal, pido perdón, aunque sea sólo por no verte así. Si no lo aceptas, entonces creo que quien se equivoca eres tú. Que alguien que quieres no te acepte una disculpa, además hace daño.
Para rematar el día: no puedo devolver un artículo porque el plazo había acabado justo el día anterior, se me rompe un tacón en una carrera y tengo que caminar con él en la mano cruzando el centro comercial, y esta mañana me dí cuenta de que me puse las bragas del revés.
Desde luego ayer fue un día de esos de acostarse y decir "por favor, que pase ya".
Estaba acabando el año anterior cuando me rompí. Y empecé el 2009 intentando pegar mis pedacitos, aprendiendo a recomponerme como no sabía, porque nunca antes me había roto de esa manera.
Los lunes eran de llorar. De pasar por la misma maldita carretera de otoño en la piel.
Dejé de querer cumplir más años porque me traía recuerdos. Recuerdos que no entiendo cómo podían doler tanto si no eran míos. Y aun no siendo míos, nunca me los pude arrancar.
No quise cumplir más años porque nunca había tenido peor regalo. Este año, por suerte, fue una bonita pala de pádel.
De autoestima frágil, pude sentir cómo se me deshacía entre las manos y se convertía en polvo. Y fueron otras manos las que, sin saberlo, me ayudaron a reconstruirla, a que al menos quedase algo de ella. Aunque aun le veo las grietas. Pero me ayudaron mucho. Nunca le dije cuánto.
Quise a quien no me quiso querer, a quien no me supo querer, y a quien no me quiso como yo hubiese querido. Y quizás también me quisieron como yo no pude querer. Y quizás también no me quisieron como yo hubiese querido.
Olvidar para recordar lo que debería volver a olvidar. Ganar para perder; perder para ganar.
Tengo también recuerdos bonitos. Preciosos. Y únicos. Porque sabía cuando los estaba viviendo que serían únicos. Aunque siempre quedaban empañados como el vaho de las ventanas, cuando todo está caliente dentro y hace frío fuera.
Y un cambio de vida. Y mucha gente nueva que me regalaba sonrisas. Y, desde luego, todo, todo fue empezar de nuevo. Porque este año el mundo cambió. Mi mundo cambió. Tantas y tantas cosas tuvieron que construirse de nuevo o por primera vez...
Ahora, recomponiéndome, no puedo evitar alguna lágrima al recordar cómo fue todo para poder escribir estas líneas.
Recojo, junto con el móvil y otros recuerdos, restos de noches sin dormir, de noches que me quitarán de nuevo el sueño. Por soñadas o por maldecidas, por mí o por alguien más. Noches en vela que llevan el sabor cálido de una noche de verano, o el gélido gusto de un invierno que te abraza y te envuelve en vigilia.
Con la noche por amante, los oscuros tugurios donde parecer crápula o serlo, de suspiros bohemios, de miradas furtivas, de caricias bajo cuerda, dando la espalda a la rutina, con la soledad de elegida compañera entre tantos corazones que pudiste elegir, y tantos otros que rompiste, con no más horarios que es de día porque te levantas y de noche porque te acuestas, sin mirar al cielo para ver sol o estrellas, sin mirar el reloj para comer y dormir, ajeno a los tic-tacs...
Con la sonrisa de la vida en el filo de una navaja, las borracheras de piel y licor, el frío que abriga una cama vacía al amanecer, que guarda aun el calor de la madrugada pasada, con el juego de miradas que sólo tú sabes hacer, con tus palabras embaucadoras y tu voz como arrullo roto.
Las ciudades tan llenas de gente y tan vacías de personas, que pasan a tu lado y no existes, hasta que se cruzan de bruces contigo, de manera casual, o provocada. Un disculpe, un "¿estás sola?", un no dejar que lo estés nunca más, no al menos esta noche. Porque un instante es tan eterno como queramos que sea.
Caminar de madrugada por calles vacías y degustar el sabor de la fría noche, de las horas en calma, en las que todos duermen y tú les miras. De sorprender la mañana como un ladrón que entra por la ventana para robarte el sueño, o para devolvértelo pidiendo disculpas.
Te envidié, y quise ser como tú. Pero ya había elegido antes ser todo lo contrario. Y ahora no soy más que la mezcla de ser y de fui, de parecer y anhelar... Sagitario de alas mojadas con la lluvia que un día invocaba para refrescar un corazón que ardía de vacío..
Inspirado en alguien famoso y en otras vidas bohemias anónimas que conocí, que quizá algún día, algunos instantes, pudieran haber sido la mía, o algo así...
Texto rescatado del 29/08/07. Me apeteció volver a publicarlo, puesto que creo entonces pasó desapercibido y quería compartirlo de nuevo.