Tenías varios másters en despedidas y entre las manos añicos de corazón. No dabas abasto a repartir tiritas. De sueños y suspiros eras cazador.
Confeso ladrón de besos no robados, malabarista de miradas en rehabilitación. Talón de Aquiles de la ternura no declarado, Habitante de las letras en mil y una canción.
Como sucedáneo de los besos, abrazos. Latidos que el frío que amabas congeló As de guía para ti cualquier lazo Dudar de la duda de tu frío interior
A veces, las cosas que se callan duelen dentro más que las que se dicen.
Hay personas a las que les pierden las maneras. A mí, por el contrario, me pierde mantenerlas en todo momento, que por no perder la clase y tener educación, he callado cosas que tendría que haber dicho entonces. Y al final, por no herir a quien ni siquiera merecía ese tratamiento, acabo haciéndome daño yo.
Tenía un dolor que quemaba, un dolor que se escondía tras cada esquina y me acechaba con demasiada frecuencia. Me molestaba para vivir.
Ayer decidí arrancármelo. Dije lo que tenía que decir hacía demasiado tiempo. Tanto que no era el momento ahora. Pero lo hice. Bajé hasta los infiernos para buscar las palabras. Busqué sus puntos débiles y se los engrandecí. Clara y concisa, sin extenderme más de lo necesario para no perder el tiempo en personas como ésa. Hice daño a posta. Por unos instantes me convertí en algo irreconocible, un ser malvado que sólo pensaba en humillar a otra persona. Aunque no me importó; esa persona me había humillado primero, y cuando sucedió sólo quise justificarlo y hasta dar explicaciones que no tenía por qué dar, como si estuviese sufriendo una especie de síndrome de Estocolmo. En aquel momento quise demostrar que yo estaba por encima manteniendo mi clase. Y ya me cansé. Era hora de dar a cada uno el trato que merece. Basta de cordialidades innecesarias.
Fue una liberación. Y me quedé de a gusto...
Intentó devolvérmelo, pero yo estaba fuerte, estaba preparada. Quizás por eso tardé tanto en hacerlo, porque debía reunir la fuerza necesaria para que sus ataques no me doliesen. Y sus intentos de herir quedaron en unas carcajadas para mí, viendo que estaba tan tocada que no sabía por donde atacarme, tan ridícula inventando tantas cosas, que su ofensiva se volvió contra ella en forma de descrédito.
Creo que es la primera vez que busco la manera de hacer daño intencionadamente y pierdo las formas para hacerlo. Espero que sea la última. Espero que nadie se atreva a darme motivos para hacerlo de nuevo.
Desde ese instante, pienso que el mundo conspira para que yo pueda ser feliz. Y creo que no me va a costar nada conseguirlo...
Deshacerse y fundirse. Ser una piel que no protege de nada, que no es barrera de nada, por la que se cuelan los sentimientos y las sensaciones a través de cada poro a pesar de las murallas que se hubiesen querido levantar.
Es curioso que seamos más vulnerable a lo que menos se ve.
Voy a volverte loco. Voy a hacer que desees la desnudez sin dilación. Que tras esa mirada que me desnuda lo hagan también tus manos. Voy a hacer que desees arrancarme el sujetador a mordiscos, y tras él casi la piel. Tener en tu lengua el salado sabor del mar de mi piel, de la piel del mar.
Que atrapes mis labios para no dejarlos escapar. Que no sea suficiente respirar el aliento. Dejarte sin él.
Vas a desear que te bese de forma infinita, que beba de tí, de tu boca, de tu cuerpo. Devorarte.
Desearás tenerme entre tus manos, y que yo te tenga en mi boca, en mi cuerpo.
Si te sobra un ratito, te dejo entretenerte contando los lunares de todo mi cuerpo; tendrá que ser un ratito largo, mira que deben ser más de cien... Sólo a cambio de que beses cada uno de ellos...
El atardecer nos sorprendió en nuestro abrazo. Caía el sol y las sombras, y nuestro silencio callaba todo lo que habíamos hablado, hablaba todo lo que habíamos callado.
No podíamos hacer otra cosa que quedarnos entrelazados en silencio mientras se enfriaban las bebidas y se quedaba por comer el pastel.
Un sofá, un abrazo, un ventanal, una biblioteca. La gente estudiaba y nosotros nos amábamos. Yo ya sabía que nos amaríamos. Impunemente ante sus miradas. Quién sabe si alguien vio que existíamos... Tampoco nos importó demasiado.
Apoyada sobre tu pecho, con tus brazos alrededor, mi cabeza se había deslizado con habilidad junto a la tuya para rozar levemente las mejillas. Sí, te estaba buscando sutilmente. Ya te habías dado cuenta, y sin embargo no queríamos verlo.
Y yo, pecadora, quizás no estaba segura de estar buscándote; quizás más bien dejara que me encontrases. Y tú quizás no podías terminar de creerlo.
Hubiese prolongado casi infinitamente la magia de ese instante. Respirarte a escasos milímetros. Beberme tu aliento. El mismo que no quería dejar de aspirar, el mismo que deseaba deshacer en mi boca. El mismo que me quitaste cuando rompiste ese momento al acercar tus labios sobrepasando la barrera de lo políticamente permitido. No te frenó el aduanero y saqueaste mi boca. Saboreamos nuestras lenguas. Sentimos.
Habría querido respirar tu aliento casi eternamente. Encender la piel. Habría querido que te deshicieses en mí por tiempo infinito. Pero el infinito duró demasiado poco...
Recoge la ropa y la piel que has dejado pegada a la mía, pensaría después.
Se nos hizo de noche, se nos hizo tarde. Quizás siempre fuese tarde.
Iba a ser una despedida de algo que no había sido y fue el comienzo de algo que no llegó a ser.
Hoy me he encontrado con un amigo que conozco desde hace mucho tiempo a través de internet. Desde aquel malentendido que tuvimos no hemos vuelto a hablar más allá del saludo.
Antes hablábamos de todo, ningún tema tabú, bromas incluidas.
Aquella noche tuve la impresión de que no bromeaba. Hoy me lo ha confirmado.
Y me he quedado alucinada...
Que le dí pie...
Creo que si te digo que me estoy sintiendo incómoda no estoy dando pie. Que si intento desviar la conversación hacia otro lugar es que no me apetece seguir hablando del tema. Pero insiste en que yo aquella noche tenía ganas de "jugar". Está convencido a pesar de mi negativa.
Confieso y entono la parte del mea culpa. Yo puedo llegar a ser muy bromista y juguetona cuando tengo confianza, aunque no sea éste el caso. Pero creo que el juego acaba cuando una de las partes empieza a incomodar a la otra y así se lo hace saber, como fue aquella vez. ¿Qué no has entendido de que no me apetece seguir por ahí...?
Me he sentido mal. De que malinterpretase mis palabras, mis actos, mis gestos y pensase que yo le estaba dejando una puerta abierta a algo más. Estoy convencida de que no, de que no hice nada para ello, que intenté huir de la situación. Pero después de la conversación me siento mal por que realmente pudiera hacer algo que hubiese podido ser interpretado de otra manera; él desde luego estaba convencido de que yo quería algo más. Porque quizás haya actuado de forma inocente ante la malicia de otros ojos.
Y me duele. Me duele que una posible amistad acabe por malentendidos así. Porque él sigue convencido de que esa vez me estaba dejando llevar, a pesar de que respondí que no a su pregunta explícita de si tenía ganas de sexo. Y yo sigo convencida de que él insistió por llevar la conversación y los hechos hacia algún lugar que realmente me incomodaba, y no me esperaba de él.
En ese caso, creo que no queda más que hablar. Una lástima.