Mary, cuando te compraste un príncipe azul no leíste las instrucciones de uso! Que si no emplear agua caliente, que si lavar a mano... Era una prenda delicada, que precisaba cuidados. No, no es como los pantalones vaqueros, que lo aguantan todo. A veces ni eso, acuérdate de los Levis que me compré y no me duraron ni dos meses porque derramé el bote de tipex encima.
Pues eso, que lo tenías que haber cuidado, que no puedes usar lejía. Con el uso se te ha ido destiñendo.
Ahora tienes que ver si aun te va bien tal como ha quedado, si le das un tinte en otro color, o simplemente sales de tiendas a comprar uno nuevo. Pero esta vez, si te vas de tiendas, gástate bien las perras y mira bien las instrucciones de lavado, que no precise de muchos cuidados... O que estés dispuesta a dárselos...
Hay lecciones que me quedan por aprender en la vida. Una de ellas es saber que no puedo hacer a todo el mundo feliz aunque quiera. Y yo eso lo llevo muy mal.
Puedes hacer un poquito feliz a un gran número de personas, o muy feliz a unas cuantas a tu alrededor, pero resulta imposible hacer tremendamente feliz a toda la gente que conoces.
El problema es que eso choca con mi personalidad. No pretendo ir de buena, ni echarme flores, pero quien me conoce sabe que cuando alguien nuevo entra en mi vida, y nace ese feeling, esa conexión, me vuelco y lo doy todo. Todo lo que está en mi mano, y todo lo que está en mi corazón. En ocasiones creo que hasta el punto de llegar a ser asfixiante en el exceso de atenciones, o al menos es esa mi impresión. Y que conste que cuando estoy hablando de personas nuevas en mi vida, no sólo hablo de amor, sino de todos los tipos de relación que se pueden establecer entre los seres humanos, incluyendo por supuesto la amistad.
A veces pienso que incluso el hecho de que alguien sea más feliz puede implicar que otra persona lo sea menos, que no hay opciones, que no se puede elegir (Eso no me gusta nada de nada). Y con la eterna indecisa hemos dado... No porque no sea capaz de decidir, sino porque nunca me gustó elegir. Quizás por eso, las mayores decisiones que he tomado en mi vida, las tomé sin pensarlo, sin ser consciente, sin valorar pros y contras. No tomé decisiones; nacieron.
A veces también dudo de si es mejor dar cincuenta céntimos al mendigo de la plaza y al de la esquina, que ambos pasen menos hambre, o dar el euro a uno sólo, intentando que esa moneda sirva realmente de algo al menos para alguien.
De si dar esa pelota al niño que mejor te cae o al que más llora por ella, cuando lo que tu quisieras es que cada uno pudiera tener su pelota.
Incluso he llegado a pensar si el hecho de que me gusten tanto los escotes es una solidaria forma de compartir lo que no se puede compartir de otra manera (que no es que haya tanto, vayamos a pensar...)
A veces, muchas veces, me siento realmente impotente de querer arreglar el mundo, de hacer felices a todas las personas que quiero, ayudar a toda la gente que me rodea, y no poder. Aun sabiendo que siendo realista no puedo ni de lejos acercarme a ese objetivo, tampoco puedo evitar esa sensación. Creo que fui hecha para darme.
Y eso es lo que intento cada día: dar siempre un poquito más de mí a los demás.
Ayer el día empezó torcido. No me pude desahogar, y eso me consumía como una gota de agua que cae poco a poco incesante sobre tu cabeza.
Cogí el coche sin saber dónde iría. Sólo quería un poco de paz. Y nadie a mi alrededor. Derramarme sin ojos que observasen.
Acabé junto al río. Puse música, y ya nada salía de mí. Había pasado el tiempo de deshacerse, y eso se me quedó metido dentro.
Allí, frente al río, recordé a Matilde la peluquera. Y, aunque drástica, no me pareció tan absurdo.
Recordé también lo que no tenía que recordar. Y las canciones me susurraban cosas que no debería oír.
Pedir perdón no es fácil. Más aun cuando crees que llevas razón. Pero si me equivoqué en las formas, y no quiero verte mal, pido perdón, aunque sea sólo por no verte así. Si no lo aceptas, entonces creo que quien se equivoca eres tú. Que alguien que quieres no te acepte una disculpa, además hace daño.
Para rematar el día: no puedo devolver un artículo porque el plazo había acabado justo el día anterior, se me rompe un tacón en una carrera y tengo que caminar con él en la mano cruzando el centro comercial, y esta mañana me dí cuenta de que me puse las bragas del revés.
Desde luego ayer fue un día de esos de acostarse y decir "por favor, que pase ya".
O quizás que me empieza a gustar la vida que tengo.
Y a veces, y a ratitos, también todo lo contrario.
(echo de menos siempre algo, por mucho que llegue a tener.
Será tonto el ser humano que en vez de mirar lo que tiene se pone a pensar en lo que dejó atrás para conseguirlo, o lo que nunca podrá llegar a tener... Ainsss, no hay remedio...)
A veces pienso que nunca me pasan cosas lo suficientemente importantes como para que merezcan ser contadas.
Otras veces pienso que me pasan cosas tan importantes que no les encuentro sitio aquí para contarlas.
Lo que vives, lo que piensas, lo que sientes. Un blog está hecho de eso. Gente que cuenta lo que vive. Personas que cuentan lo que piensan. Gente que traduce a palabras lo que siente. (piensa sino qué nos cuentas tú, cómo es el tuyo). Y el mío es un batiburrillo indefinible que no tiene directrices, hace lo que le da la gana según surge, no tiene orden, no sabe a priori qué camino seguir. Aunque nunca deje de caminar.
Porque es esa la intención. No dejar de caminar. Aunque a veces no tengas ni idea de cómo dar el siguiente paso.