Primer beso
El atardecer nos sorprendió en nuestro abrazo. Caía el sol y las sombras, y nuestro silencio callaba todo lo que habíamos hablado, hablaba todo lo que habíamos callado.
No podíamos hacer otra cosa que quedarnos entrelazados en silencio mientras se enfriaban las bebidas y se quedaba por comer el pastel.
Un sofá, un abrazo, un ventanal, una biblioteca. La gente estudiaba y nosotros nos amábamos. Yo ya sabía que nos amaríamos. Impunemente ante sus miradas. Quién sabe si alguien vio que existíamos... Tampoco nos importó demasiado.
Apoyada sobre tu pecho, con tus brazos alrededor, mi cabeza se había deslizado con habilidad junto a la tuya para rozar levemente las mejillas. Sí, te estaba buscando sutilmente. Ya te habías dado cuenta, y sin embargo no queríamos verlo.
Y yo, pecadora, quizás no estaba segura de estar buscándote; quizás más bien dejara que me encontrases. Y tú quizás no podías terminar de creerlo.
Hubiese prolongado casi infinitamente la magia de ese instante. Respirarte a escasos milímetros. Beberme tu aliento. El mismo que no quería dejar de aspirar, el mismo que deseaba deshacer en mi boca. El mismo que me quitaste cuando rompiste ese momento al acercar tus labios sobrepasando la barrera de lo políticamente permitido. No te frenó el aduanero y saqueaste mi boca. Saboreamos nuestras lenguas. Sentimos.
Habría querido respirar tu aliento casi eternamente. Encender la piel. Habría querido que te deshicieses en mí por tiempo infinito. Pero el infinito duró demasiado poco...
Recoge la ropa y la piel que has dejado pegada a la mía, pensaría después.
Se nos hizo de noche, se nos hizo tarde. Quizás siempre fuese tarde.
Iba a ser una despedida de algo que no había sido y fue el comienzo de algo que no llegó a ser.





FUERA DE MI dijo
uf.. incluso asi.. como dice una amiga... hay instantes que merecen vidas.
besos y mas besos
22 Abril 2008 | 04:36 PM