Vendiendo el alma en un burdel, en el mejor de los casos, cuando no en una esquina
Tras conocer el informe realizado por el Instituto de la mujer, iba a escribir sobre la prostitución. Sobre el dato de que la gran mayoría de clientes son cazadores (menudas joyitas, encima cazadores; normal, gente sin escrúpulos).
Sobre que he alucinado al conocer que el 25% de la población masculina ha acudido a esos servicios alguna vez; o sea, uno de cada cuatro hombres (y yo que pensaba que echar un polvete era mucho más fácil y accesible).
Sobre la triste realidad de mujeres que vienen a España engañadas para trabajar supuestamente en casas limpiando y cuidando ancianos, y acaban en en clubs haciendo jornadas de 12 horas diarias, 7 días a la semana, para saldar la deuda contraída.
Sobre mi -siempre peliaguda- opinión a favor de la legalización de esta actividad que mueve millones y millones de euros (50 millones DIARIOS en nuestro país), y que en quienes menos repercute esa cantidad es en las propias "trabajadoras", privadas de todos los derechos, seguridad social, salubridad, y lo más importante, la dignidad, y a menudo la libertad; una legalización que controlase los beneficios y así de esta manera a los proxenetas, que diese cobertura social y sanitaria a las prostitutas, subsidio y pensiones, apoyo, mejoras en las condiciones, control policial, protección, ayudas a quien no quiere estar en ese mundo. Porque, por mucho que queramos, es un negocio que no va a desaparecer; intentemos al menos hacerlo algo más digno (si es que se puede usar esa palabra en este caso), menos turbio, más controlado.
Y al final he acabado preguntándome cuál es el perfil del consumidor de este tipo de servicios. No me imagino a alguien joven, con todas las facilidades que existen hoy día para en una noche cualquiera acceder al sexo sin tener que pagar por ello (bueno, alguno me dirá que tuvo que pagar unos cubatas). Menos aun siendo de ciudad, donde la identidad se diluye y el anonimato da pie a un "aquí te pillo, aquí te mato". Que ya no vale la excusa de "buscar en casa lo que la mujer no me da", porque, salvo parafilias raras, no me creo que haya ya muchas mujeres que no sean capaz de satisfacer cualquier deseo masculino, satisfaciendo el propio a la vez. Y realmente me gustaría saber las motivaciones que pueden llevar a pagar para recibir servicios sexuales.
Sólo me viene a la cabeza el típico viejo verde, una persona más bien rural, machista, dictardor, que tiene a su mujer para que le limpie y le haga de comer y al resto para que le satisfagan sexualmente. Y gente que ni por ingentes cantidades de dinero lo haría yo si me dedicase a ello, que se me revuelven las tripas sólo de pensarlo. Otras personas, otras condiciones, otras mentalidades, me resultan difíciles de entender.
Y yo, que para ésto puedo parecer una chapada a la antigua aun no siéndolo, no me imagino un encuentro cuerpo a cuerpo donde no prime, ya no sentimientos, o no sólo éstos, sino grandes cantidades de pasión, de ardor, de atracción, de juego, de complicidad, la vanidad incluso de tener el poder para dar placer; y no imagino que todo ésto se pudiera crear en unos minutos con dinero en mano. No puedo imaginarlo como un mero desahogo sexual, sin importarte quien sea esa otra persona. Porque sentir no es algo sólo físico.
Y porque, al menos a mí, para encenderme, necesito que me lleguen a través de todos los sentidos, incluído el sexto que tenemos en el cerebro, por no decir que es el primordial. Que para un desahogo ya nos dotó mamá naturaleza no con una, sino con dos manos, y la tecnología con infinidad de juguetitos. Que para encuentros vacíos de todo eso ya nos tenemos a nosotros mismos, capaz de llenarlos mejor que un desconocido con unos cuantos billetes...



Si tú me amaras, así, con el alma aventurera, no existiría esta barrera dijo
Un apunte que no pretende justificar nada. Una mujer tarda 28 días en hacer un huevo. Un hombre cada dos días está en condiciones sexuales para fecundar un huevo de mujer.
Para los hombres la mujer española es una entelequia. No las comprendemos, no las entendemos, son más listas, más complejas. Hoy la mujer española, da miedo, da estupor y pánico.
La disyuntiva es prostitución para solucionar un problema fisiológico, o buscar una pareja sudamericana. Pero la mentalidad de una mujer sudamericana satisface las ansias interpersonales de un varón educado en España.
El problema será cuando nuestras madres tengan 80 años. Hoy las madres se han quedado sin reemplazo, ya que las actuales mujeres no tienen sentido de la maternidad y los hombres nos sentimos como meros objetos o accidentes de la naturaleza. Hoy las chicas orientales son una solución de momento escasa, pero muy reconfortante.
30 Noviembre 2009 | 11:49 PM